El Mercurio | Tomas universitarias – Fernando Londoño

Por casualidad me topé hace poco con un testimonio del filósofo chileno Roberto Torretti, recogido en el ameno libro ‘En el cielo solo las estrellas’ (E. Carrasco, Ed. UDP, 2006). En cualquier otro contexto habría podido pasarlo por alto. No en el que ahora vivimos.

Refiriéndose a su experiencia como estudiante en la Alemania de posguerra, señala Torretti: ‘…los estudiantes estudiaban, nunca hubo una huelga por solidaridad con Corea, o con Vietnam, o con Cuba (…). Se iba a la universidad a estudiar, y más tarde, con lo que aprendías, podías luchar por el cambio social. Muchos lo habían hecho —el mismo Marx, desde luego (…)’ (op. cit., p. 124).

Soy consciente de que el ejemplo de la Alemania de posguerra puede no ser el mejor o el más cercano, y que esta opción volcada hacia el trabajo intelectual puede ser motejada de estrechamente racionalista o academicista. No se niegue en todo caso que apostar en el presente por la superación personal, con miras a un futuro común, es una actitud desbordante de optimismo. De aquel optimismo discreto del que está hecho cada trazo de nuestras —las más de las veces— ásperas jornadas. El optimismo impaciente de las tomas y paralizaciones debe, creo, ruborizarse ante aquel más abnegado y sereno.

Eso, al menos, mientras no estén en juego cuestiones de vida o muerte, cual si se tratara de resistir políticas de apartheid o de sortear nocivas encrucijadas impuestas en dictadura. Pues concediéndole todo el mérito a la demanda feminista (en su versión edificante), habrá de reconocerse que los cambios socioculturales que ella promueve no son para nada incompatibles con el trabajo universitario… más bien todo lo contrario.

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