La Tercera | Movimiento feminista – Juan Enrique Vargas

Con el movimiento feminista que se ha desplegado con fuerza en las últimas semanas, pareciera que pudiera terminar sucediendo algo muy parecido a lo que ya aconteció con el educacional, el que logró posicionar con mucha fuerza ideas y reivindicaciones, obteniendo en su momento concesiones relevantes, particularmente la gratuidad, pero sin que nada de ello pareciera haber sido suficiente. Por ello el movimiento continúa afro tras afro, sin que sus propios promotores consideren sus logros como victorias. La consecuencia es que procesos como estos, que captan en un principio gran adhesión, al alargarse indefinidamente e ir desdibujando sus peticiones, terminan perdiendo energía y adhesión.

Muchos podrán pensar que lo descrito es algo que suele suceder, que es normal que las personas terminen siendo víctimas de sus propios éxitos, en el sentido de engolosinarse con ellos y tratar de estirarlos más allá de lo posible. Pero creo que hay cuestiones propias de estos movimientos, impulsados principalmente por jóvenes, que llevan a exacerbar esa situación.

Primeramente porque tiende a producirse en ellos una distorsión entre medios y fines. Se piensa, por ejemplo, que los paros estudiantiles, e incluso las tomas, son un objetivo en sí, por lo que quienes no los promueven y mantienen traicionan el movimiento. Se ha llegado al absurdo que paros y tomas anteceden a los petitorios, es decir, esos actos no se llevan a cabo para obtener algo, sino más bien para empezar a pensar en qué pedir. Naturalmente, la posibilidad de negociar se hace muy difícil en ese contexto, pues como las demandas se van construyendo sobre la marcha, es complejo poder pronunciarse sobre ellas y menos aún dar por cerrado el proceso. La confusión entre medios y fines tiene otra consecuencia, medios violentos, como una toma, terminan siendo validados por la bondad de los objetivos que les animan.

También contribuye a esta situación la forma como toman las decisiones estos movimientos, pues ellos se caracterizan por descreer de los mecanismos tradicionales de representación, entregando muchas veces las decisiones a asambleas y las negociaciones a voceros que van cambiando y cuya legitimidad no siempre tiene un respaldo democrático. El problema de las asambleas es que tienden a ser caóticas y convertirse en escenarios en que quien más fuerte habla y tiene la posición más firme lleva las de ganar, haciendo dificultosa la reflexión en torno a argumentos.

El actual movimiento feminista ya ha logrado cuestiones muy importantes: posicionó el tema, logró que el gobierno impulsara una agenda de género que no estaba inicialmente entre sus prioridades y, al interior de las Universidades, se ha generado consenso en que hay que efectuar mejoras relevantes en los protocolos de acoso, en la forma como deben ser tratados los casos de violencia sexual y que hay que revisar los programas de los cursos. Es hora de consolidar esos éxitos y concluir victoriosamente este movimiento, sin perjuicio de tomar resguardos para el seguimiento de los acuerdos que, como es natural, contienen medidas que tardarán en concretarse.

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