Revista Viernes | El peligroso camino para llegar a Chile – Francisca Vargas

¿Cuánto cuesta un pasaje en avión a República Dominicana? Porque supongo que ustedes no se vienen en bus poli”, dice la mujer y suelta una carcajada. La pregunta se la hace a Milla, su peluquera. Milta, dominicana, 54 años, no se ríe con el chiste. Ni siquiera le responde. La mujer no tiene idea de que Milta se demoró más de 10 días en llegar a Chile. Un viaje que en avión no le tomaría más de diez horas. Tampoco sabe que sólo hizo un vuelo para salir de la isla y llegar a Quito, Ecuador, y que después el trayecto fue sólo por tierra. En buses y en autos, burlando fronteras. Que fue detenida en Perú junto a una amiga con la que viajaba. Que ambas fueron llevadas a un cuartel policial. Que los mismos oficiales le robaron toda la plata que traía, US$ 1.700. Que sufrió tocaciones impropias. Que su amiga fue violada por cuatro policías, delante de ella. Ignora, también, que caminó desde Tacna a Arica, de noche y en pleno invierno, esquivando minas antipersonales y controles policiales, guiada por un coyote. Que ese trayecto duró más de ocho horas y que desde entonces le tiene aversión a la arena. Y que finalmente logró llegar a Santiago el 5 de julio de 2015, en medio de los festejos por el primer triunfo de Chile en la Copa América.

Milta cambia el tema y la mujer, después de mirar su peinado y echarlo a perder con sus manos, paga y se va del local, cerca del metro Los Héroes.

Milta es una entre los más de tres mil ciudadanos dominicanos que, se estima, han ingresado de manera ilegal al país desde 2012, pese al requisito de una visa consular impuesto en el primer gobierno de Sebastián Piñera, para cualquier dominicano que quisiera entrar a Chile. Porque Milta fue engañada por una red de tráfico de personas. “Quería cambiar de vida, allá tenía una peluquería y no me iba muy bien. Pagué por mi visa, me dieron un papel y me dijeron que con eso podía encontrar trabajo. Fue un infierno. Yo lo pasé mal, pero he sabido de gente que lo pasó aún peor”, dice molesta, convencida de que su relato puede servir para revelar lo que viven los migrantes dominicanos que llegan al país. Su testimonio es uno entre los 91 que engrosan la carpeta de investigación de uno de los casos emblemáticos de la fiscalía de Arica, que en 2016 desbarató la red de tráfico de personas más grande que operaba en el país. Se estima que sólo esta organización, que operaba desde 2014 en al menos cinco países, tuvo más de 3 mil víctimas, lo que la convierte en la investigación más importante por este delito en Chile, con el Ministerio del Interior, el Instituto Nacional de Derechos Humanos, el Servicio Jesuita Migraste (SJM) y la Corporación Humanas como querellantes. El juicio será en septiembre y cuenta con siete imputados -un colombiano y seis peruanos-, entre ellos la líder de la red, Soledad Maquera y su brazo derecho Juan Castillo, alias Arturo. Se les imputa el ingreso a Chile de ciudadanos dominicanos engañados y de forma ilegal, a quienes contactaban en la isla y les indicaban que debían viajar a Ecuador, país con fronteras abiertas y epicentro de los movimientos migratorios en Latinoamérica, en donde les entregarían la visa y los pasajes en avión a Santiago. Pero eso nunca ocurrió.

VISA PARA UN SUEÑO

Para los migrantes, una visa es el pase legal para aspirar a nuevas oportunidades y a una vida mejor. Para los Estados, es una herramienta para frenar la migración proveniente de un determinado país. Y para los expertos en temas migratorios, la exigencia de una visa puede ser el comienzo de un problema mayor.

“Hay fronteras que son muros reales, como en Estados Unidos, y hay otras que establecen muros simbólicos, como una visa consular”, dice Víctor Hugo Lagos, abogado del SJM y representante de 20 de las 91 víctimas que aparecen en la carpeta de investigación. “Está muy estudiado que la visa no frena la migración y que, incluso, provoca un aumento de los ingresos irregulares, porque la persona migra por una consideración superior a qué tan beneficiosa sea la ley para él en aquel lugar que se le presenta como un sitio estable, donde va a encontrar trabajo y una mejor calidad de vida para su familia. Por eso la gente viaja igual”, dice Lagos.

En 2012, el Estado chileno impuso una visa consular para los ciudadanos dominicanos, que hasta ese entonces alcanzaban 4.468 ingresos regulares al territorio, según los registros desde 2005 en adelante. Sin embargo, la migración no se frenó y, se estima, que a la fecha han ingresado más de 3 mil ciudadanos dominicanos de forma irregular, lo que significa un aumento de cerca de un 4 mil por ciento. El documento Migración Dominicana en Chile, publicado en 2017 por el Departamento de Extranjería y Migración del Ministerio del Interior, señala que si en 2011 fueron expulsados 32 dominicanos, en 2015 esa cantidad aumentó a 632, siendo el ingreso clandestino la justificación del 90 por ciento de las expulsiones decretadas.

“El caso dominicano es dramático, por lo mismo no entendemos cómo el Estado anuncia una visa consular ahora para los ciudadanos haitianos. Se está usando la herramienta equivocada para lograr el objetivo, que es la seguridad nacional y la migración ordenada ¿Cómo no aprender de los errores?: reclama la abogada Francisca Vargas, directora de la Clínica Jurídica de la UDP, en alusión a la visa consular que el gobierno anunció a mediados de abril de este año para los ciudadanos haitianos que quieran ingresar al país.

“Con este tipo de decisiones el Estado se dispara en el pie y demuestra que no tiene una verdadera comprensión de la migración, porque con esto se genera un aumento explosivo de migrantes irregulares y la activación de redes que lucran con ellos, con todo el riesgo que eso significa”, agrega Lagos.

Las redes de tráfico de personas están articuladas internacionalmente, y requieren de una cadena de funcionarios actuando coordinados. Y mientras haya personas sin mucha información, en necesidad de migrar a países con sus fronteras cerradas, su subsistencia está garantizada; “no por nada el tráfico de personas es el tercer negocio ilícito más rentable del mundo, después del tráfico de drogas y el tráfico de amas”, dice José Tomás Vicuña, director del SJM.

Dentro del organigrama de la red, los coyotes son personajes trascendentales. Están alrededor de los terminales de buses. Cerca de los pasos fronterizos. Puede ser el chofer de un colectivo o la dueña de una casa que funciona informalmente como hostal. El coyote puede tener diversas formas, pero siempre es un personaje inserto en el tejido social y comercial de una ciudad fronteriza.

En cuanto al perfil de los dominicanos que han migrado a Chile, según el documento de Extranjería: el 70 por ciento de los dominicanos en el país son mujeres y el 30 por ciento son hombres; el 79 por ciento tienen entre 15 y 44 años, y el 73,6 por ciento eligió la Región Metropolitana como lugar para vivir. Las principales justificaciones de la migración son una mejor calidad de vida y nuevas oportunidades laborales. “Quienes ingresan de manera irregular, en general, son personas sin antecedentes penales, no son delincuentes y viven en situación de pobreza”, agrega Vicuña.

Según datos del PNUD publicados en marzo de este año, en República Dominicana la tasa de desempleo de las mujeres triplica la de los hombres, con un 20,9 por ciento versus un 8 por ciento. El 47 por ciento de las mujeres trabajan en empleos informales, sin seguridad social, con bajos sueldos y poca proyección. Además, los salarios de las mujeres son hasta un 35 por ciento menores que los de los hombres.

La vulnerabilidad de las mujeres coincide con el patrón de víctima identificado por la abogada Francisca Vargas, de la Clínica Jurídica de la UDP, unidad que atendió a más de 250 dominicanos en 2017, todos con orden de expulsión por ingresos irregulares. En su mayoría son mujeres afrodescendientes que narran agresiones y violencia sexual de parte de los coyotes en el viaje para llegar a Chile. Sus experiencias fueron recopiladas en el libro Efectos de la Violencia Sexual contra Mujeres y Niñas, que el Centro de Derechos Humanos de la UDP lanzó a principios de junio. “Las mujeres afrodescendientes son un foco de abuso sexual, porque se les animaliza y se cree que son buenas para el sexo”, dice Vargas, autora de uno de los capítulos, dando cuenta de cómo la violencia migratoria, además de racista, tiene un componente de violencia de género.

EL CAMINO DEL ENGAÑO

A Elianny (29), la posibilidad de venir a Chile fue a través de una llamada telefónica. “Fue a principios de 2015. Soledad Maquera se consiguió mi celular, y me dijo que ellos organizaban el viaje y gestionaban la visa. Me comentó que en Chile era muy fácil encontrar trabajo y que los sueldos eran muy buenos. Me pareció raro; le pregunté cómo se había conseguido mi teléfono y me dijo que se lo había dado un conocido”, dice. Elianny habló con Edwin (32), su pareja. “Yo creí que podía ser una estafa, así que le dije que no lo considerara”, recuerda él.

Pero Edwin quedó sin trabajo. Estuvo durante meses buscando qué hacer, hasta que reconsideraron la propuesta. Llamaron a Soledad y ella los contactó con Arturo. Elianny y Edwin no tenían idea que estaban hablando con los cabecillas de una red de tráfico de personas.

“Arturo nos dijo que compráramos pasajes en avión hasta Quito, Ecuador, y que ahí nos entregaría las visas y el pasaje a Santiago de Chile. Teníamos que ir con mil dólares cada uno. Era todo tan bueno que empecé a sospechar, pero aceptamos porque no teníamos nada mejor”, dice Edwin.

Vendieron todas sus cosas para reunir la plata que necesitaban. Sus dos hijos, de cuatro y siete años, quedarían con la madre de Edwin. “Esperamos hasta el final para explicarle a los niños”, recuerda Elianny. “La carita del más grande todavía no la olvido… Eso fue lo más difícil. Pero necesitábamos buscarles un futuro, y en la isla ya no lo teníamos. Pero estábamos asustados, nunca habíamos salido de nuestro país”, dice Elianny, con lágrimas en los ojos.

En Quito no había nadie esperándolos en el aeropuerto. Llamaron a Arturo, que les indicó que se fueran aun hotel y que ahí los iría a buscar al día siguiente una persona Pero nadie llegó, así que Insistieron y les dijeron que tomaran un bus hasta Macará, en la frontera entre Ecuador y Perú. Viajaron doce horas, sin noción del tiempo ni de las distancias. Ahí los recibió Soledad Maquera, sólo para pasarlos en un auto hasta Perú, de manera irregular, cobrándoles US$ 250 a cada uno. Nada de visas para Chile, ni menos pasajes en avión para Santiago.

En Perú las cosas no mejoraron. Pasaron por alojamientos informales y largos viajes en bus para llegar a a Tacna, donde los dejaron en una casa durante tres días. Ahí los juntaron con dos dominicanos más en la misma situación.

“En un momento tuve una discusión con Arturo”, recuerda Edwin. “Nos habían pedido US$ 500 más para gestionar la supuesta visa y sentía mucha rabia. Le dije que era un sinvergüenza, que hasta cuándo nos seguían engañando. Me dijo: ‘tienes dos opciones, seguir, o devolverte. Con la plata que nos quedaba ya no podíamos volver, y yo tampoco quería. ¿Cómo iba a regresar derrotado, sin siquiera haberlo intentado? Así que acaté; dice.

“Edwin empezó a reclamar y ahí sentí mucho miedo” recuerda Elliany. “Miedo a que lo fueran a matar, y si eso pasaba también me matarían a mí porque yo podía denunciarlos. Tenía terror. ¿Qué pasaría con mis hijos si a nosotros nos hacían eso?”.

La última noche en Tacna, los llevaron hasta una plaza y los distribuyeron en colectivos junto a otros dominicanos. En pleno desierto, el conductor frenó y les gritó que se bajaran y que corrieran. A poco andar, había una persona esperando. “Yo soy el coyote. Vamos a pasar la frontera caminando; les dijo. Indignado, Edwin cargó la maleta, de casi 20 kilos, a pulso. “Este tipo nos decía: ‘¿Ven esas luces? Eso es Chile, tenemos que llegar hasta allá: pero aunque se veía cerca no llegábamos nunca”, recuerda.

Caminaron por más de seis horas. Siguieron la línea del tren para evitar las minas antipersonales. Lograron burlar el control fronterizo de Chacalluta, y pasaron detrás del aeropuerto. Enfrentaron, incluso, una jauría de perros que los siguió para atacarlos.

Edwin llegó al final con los pies ampollados. En Arica estuvieron un par de días en la casa de un colombiano que después de dos días los llevó a la carretera, interceptó un camión de carga y los subió con destino a Santiago. “El chofer también estaba coludido, pero nos trató bien y nos hablaba de las ciudades que íbamos pasando” cuenta Elianny. Así, tras más de 2.200 kilómetros, llegaron al terminal de buses de Estación Central el 27 de Junio de 2015, con 20 mil pesos en los bolsillos.

LA VIOLENCIA DEL COYOTE

“Mi error más grande fue preguntar” dice Rosa (38), sentada en la mesa que tiene en la pequeña pieza que arrienda al sur de la capital. Es menuda y morena, pero su figura se pierde debajo de tres polerones. No hace tanto frío, pero ella está entumida. En República Dominicana, Rosa había dejado a su madre a cargo de sus cuatro hijos. Allí trabajaba en una fábrica, pero quedó sin empleo y decidió viajar a Chile, tras recibir el mismo ofrecimiento que Elianny. Esta vez, la llamada vino de parte de Arturo, quien le ofreció una visa y un pasaje a Chile desde Ecuador a cambio de US$1.000. Vendió su casa, pidió plata prestada, compró un pasaje y llegó al terminal de buses de Quito, sin saber, siquiera, en qué parte del mapa estaba Chile y sin nadie que la orientara. “Arturo no apareció, entonces me encontré con un hombre que me dijo: ‘págame a mí y yo te llevo: Y así fue como caí. Me pasearon por muchos lugares, estuve dando bote durante días, sin saber nunca dónde estaba ni cuánto faltaba para llegar; cuenta.

El coyote la sacó en un auto, junto a cuatro dominicanos más, hasta Machala y luego a Tumbes. En la frontera entre Ecuador y Perú le ordenaron bajar del auto y atravesar a pie, sin pasar por el control fronterizo. El trayecto siguió durante días hacia Piura, Lima y Tacna, donde la alojaron en una casa junto a siete dominicanos más durante un par de semanas. Pero en vez de pasar hacia Arica, la llevaron clandestinamente a Bolivia: primero a Oruro, y luego a Pisiga, pueblo fronterizo contiguo a Colchane, en la región de Tarapacá.

No recuerda en cuál de todas las paradas conoció a Soledad, pero sí recuerda toda la plata que le cobraron para seguir el trayecto: en total, casi US$1.000. Cuando llegó a Pisiga le quedaban cerca de US$ 700, y ahí, a más de 3.600 metros de altura y cerca del cielo, Rosa conoció el infierno.

“Me llevaron a la casa de un hombre que trabajaba con Soledad. Me quitó mi maleta, mi pasaporte y la plata que tenía guardada para cuando llegara a Santiago. Me dejó en una pieza oscura, me amarró las manos a la pata de una cama y me dejó ahí, en el suelo”, cuenta.

A Rosa le cuesta recordar. Estuvo tres meses en esas condiciones. El hombre la violó en reiteradas ocasiones. La mantuvo amordazada, le pegó y la amenazó de muerte. No podía salir de la pieza y si necesitaba ir al baño, tenía que avisar para que la llevara. Pero se alivia cuando recuerda a “la Gorda”, una dominicana que fue recluida en la misma pieza. “Era una mujer muy grande, tenía un carácter fuerte, encaraba al hombre y no le tenía miedo, aún cuando él estaba armado. Le decía que me soltara, que cómo era posible que me tuviera así. Y gracias a ella me desamarró las manos”, recuerda.
Entre las dos planearon la huida de esa casa.

“Un día la Gorda me propuso que nos arrancáramos. Aprovechamos que el hombre salió a comprar. Yo distraje a la mujer que nos vigilaba, mientras la Gorda robó las llaves y un poco de plata. Luego, ella se metió al baño y arrancó por la ventana para buscar un taxi. Volvió por la misma ventana, y en un momento de distracción de la mujer, gateamos hacia la puerta. La gorda abrió los candados y arrancamos corriendo”, recuerda Rosa, emocionada

Una vez libres, se dieron cuenta realmente en dónde habían estado. “El taxista, muy sorprendido, nos dijo: ‘qué bueno que no las mataron. Ese hombre tiene la maña de agarrar personas, les dice que las va a cruzar a Chile, pero las lleva a una casa que tiene en el monte, las mata y les roba todas sus cosas'”. A Rosa le hizo sentido. -Él salía todos los días con una mochila vacía y volvía con ella llena Sacaba ropa interior de mujer, aros, cadenas, celulares, tablets. Eran cosas usadas”, cuenta.

El taxista les ayudó a esquivar la frontera, y el trayecto de ambas terminó en el terminal de buses de Huara, 160 km al oeste de Colchane. “Ahí nos encontramos con un chileno, que trabajaba en una línea de buses, y la Gorda le contó lo que nos había pasado. á dijo que sólo podía llevar a una, y ella me dijo que me fuera yo, que estaba más mal. El hombre me compró un sándwich y una bebida y me escondió en el lugar en donde van los auxiliares. Así fue como llegué a Santiago, en julio de 2014”, recuerda.

Rosa nunca más supo de la Gorda “Para mí fue como un ángel. Si no hubiese sido por ella, yo estaría muerta”, dice.

VÍCTIMAS DE TRÁFICO

Milta, la peluquera, inició su viaje el 26 de junio de 2015 desde Quito. justo un día antes del arribo de Edwin y Elianny a Santiago. Igual que ellos, llegó en un camión de carga, después de viajar casi siete días. No tenía a quién pedirle ayuda, y tampoco tenía plata. Pero de la misma forma que Edwin y Elianny, después de unas horas en Estación Central la encontró una dominicana que la llevó a su casa y la hospedó unos días, hasta que encontrara un trabajo y un lugar para vivir.

Elianny y Edwin ya llevaban casi dos semanas en Santiago cuando se dieron cuenta de que la visa por la que pagaron y sufrieron era falsa. Ella comenzó a trabajar en una peluquería y una de sus compañeras le dijo que mejor rompiera ese papel, porque podía meterse en problemas. Esa compañera, también, le comentó de Damarys, una dominicana que estaba reuniendo a todos los que hubiesen vivido experiencias traumáticas en su camino a Chile. En una de esas reuniones, Elianny se enteró de que había sido víctima de tráfico de personas y que corría el riesgo de ser expulsada del país. “Nos terminamos de convencer de que habíamos sido engañados”, recuerda.

En esas mismas instancias, Elianny y Edwin conocieron a Milta, a Rosa, y a más de cincuenta dominicanos con historias similares e incluso peores que las de ellos. La recomendación, para todos, fue autodenunciarse para comenzar el trámite de regularización, aunque ésta no fuese una alternativa rápida ni siempre efectiva. Uno de los lugares en donde podían hacer esto era en la Oficina de Derechos Humanos de la Corporación de Asistencia Judicial del Ministerio de Justicia. Ese fue el punto de partida para la investigación que hoy lleva la Fiscalía de Arica.

“Son muchas las personas afectadas, pero finalmente hicimos una depuración de esas declaraciones y tomamos los casos más fuertes en el sentido investigativo, para que el impacto en materia de persecución penal fuera importante”, explica la fiscal Javiera López, a cargo del caso.

Estos cuatro testimonios son parte de los relatos que conforman la carpeta de la investigación judicial. Sus experiencias como víctimas de tráfico de personas les permitieron acceder a una visa temporal, junto a 18 dominicanos más, víctimas de Soledad y Arturo. El documento fue otorgado por primera vez para estos casos, a fines de mayo de este año. Con ella, Milta, Rosa, Elianny y Edwin podrán viajar a República Dominicana sin problemas, para por fin ver a sus familias de nuevo. Milta y Rosa quieren juntar plata para hacerlo pronto, mientras que Elianny y Edwin, que hoy trabajan en una casa particular y en una fábrica, respectivamente, ya compraron dos pasajes en avión, esta vez directo a República Dominicana. Parten el 3 de agosto y estarán cerca de un mes allá. Esta vez, podrán hacer el viaje como siempre debió haber sido. Volverán para la fecha del juicio, en donde probablemente declararán como testigos. “Tienen que pagar todo lo que nos hicieron sufrir, y si para eso tenemos que declarar, lo haremos. Esto no le puede pasar a nadie más”, dice Edwin.

“Estoy contenta con la visa porque nos permite vivir tranquilos, pero voy a estar completamente feliz cuando pueda viajar a la isla y abrazar a mis hijos”, dice Elianny. “No les hemos contado aún, les vamos a decir cuando quede una semana. Hace tres años que no los veo y sueño con ver sus caritas cuando nos volvamos a encontrar. Tenemos muy claro que vamos a regresar sin ellos, pero seguiremos luchando para que, un día, nuestros hijos sí puedan ingresar legalmente a Chile”.

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