La Tercera | Cambios en la Iglesia Católica – Juan Enrique Vargas

En la carta que el Papa les entregó a los obispos señala con claridad que los problemas que hoy aquejan a la Iglesia chilena ‘no se solucionan solamente abordando los casos concretos…’, pues ‘sería irresponsable de nuestra parte no ahondar (él lo subraya) en buscar las raíces y las estructuras que permitieron que estos acontecimientos concretos se sucedieran y perpetuasen’, enfatizando que ‘las dolorosas situaciones acontecidas son indicadores de que algo en el cuerpo eclesial está mal’.
Es difícil no estar de acuerdo con este diagnóstico. Por mucho que estas situaciones tengan hoy por las cuerdas a la Iglesia chilena, cuando no pareciera haber día en que no aparezca un nuevo caso, realmente el problema existe desde que tenemos memoria. Tampoco son nuevas las reacciones de negación e incluso ocultamiento de estos delitos, así como la nula empatía con las víctimas. Recordemos que esa fue la reacción del propio Papa ante el caso Barros, perseverando en ella hasta la conclusión de su visita a Chile. La Iglesia no ha cambiado, lo único realmente nuevo es que la sociedad chilena dejó de estar dispuesta a soportar estos hechos, así como la nula reacción frente a ellos.

El problema entonces, como bien dice el Papa, es estructural. Cabe por lo mismo preguntarse ¿hasta qué punto se estará dispuesto a ahondar en las causas profundas que permiten explicar y superar esta situación? ¿Alcanzará aspectos que tradicionalmente han sido considerados esenciales e intocables dentro de la Iglesia? Porque inmediatamente vienen a la mente algunas de sus características diferenciadoras que bien podrían estar tras estos persistentes problemas. La más evidente es la del celibato. Y no porque se piense que ser célibe tenga de suyo conexión con las conductas sexuales desviadas, ni mucho menos que todos los sacerdotes las padezcan, sino más bien porque esa característica, unida a otras, puede atraer a la Iglesia a personas con ese tipo de inclinaciones. Y cuáles son esas otras características: ser una institución cerrada, en que solo los hombres alcanzan cargos de poder, con gran ascendiente sobre las personas, entre ellos muchos menores de edad, todo ello rodeado de un hálito de piedad y bondad.

Y si ese conjunto de peculiaridades permitiría explicar por qué en la Iglesia se suceden estas conductas con un grado de prevalencia mayor a otras instituciones, otras características que le son propias ayudan a entender que una vez conocidos esos ilícitos no sean sancionados, sino más bien ocultados, y las víctimas no sean acogidas sino rechazadas. Aquí es posible mencionar su carácter extremadamente jerárquico, autoritario, centralizado (con muchas decisiones situadas incluso fuera de Chile) y poco transparente, con su correlato de escasa participación.

Lo positivo para la Iglesia es que si interviene con decisión y profundidad en todas esas variables, al mismo tiempo que pone fin a la sangría de abusos que padece, podrá relacionarse con sus feligreses y la sociedad de una manera más cercana, satisfaciendo los estándares que hoy se le exigen a cualquier institución.

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